“…Yo seguí a desahogar la melancolía indeleble
en una aventura, donde mis compañeros se perdieron y murieron. Yo amanecí en el
recinto de una iglesia, monumento erigido por una doncella de otros siglos. El
sacerdote encarecía las pruebas de su devoción y anunciaba desde el púlpito
amenazas invariables. Celebró después el oficio de difuntos y llenó mis oídos
con el rumor de un salmo siniestro”.
De Profundis, JARS.
Las
muertes de mamá
En diez años mamá ha muerto tres veces.
Diez también era mi edad cuando el primer atisbo de la enfermedad mostró su
rostro. Diez son las veces que han profanado su cuerpo en un quirófano.
Diez. Afortunadamente, solo ha muerto
tres veces y no diez. Ha sido larga la enfermedad, ese tumor que se hizo tan
amigo de su cuerpo y un asiduo visitante de su mente, ese que cuando se fue,
después de tanto, se llevó los ojos de mamá.
Tumor ladrón. La prolongación de su estadía, ha hecho que mamá no sea la
única que padezca. Poco a poco, su enfermedad
nos fue enfermando a todos. Yo todavía no logro reponerme. Cuantas veces
en diez años he visto como se le desvanece la vida en mis brazos. Como polvo.
Como quien sopla sin piedad un diente de león. Aun estoy enfermo, enfermo de
ver tantas veces una sala de hospital, enfermo del olor a desesperanza que
emana de esos largos pasillos con sus luces de neón titubeantes, enfermo de
asistir a tantas muertes que no eran mías. Recorrer esas distancias se torna
casi insoportable. Pero cuando la enfermedad llega, es para quedarse. Con
vaivenes, con falsas muestras de recuperación, pero al final es solo eso, una
farsa, una dilatada prolongación de lo inevitable.
Si observamos con cuidado, a través de la
historia de la literatura, es fácil encontrar el rastro y el rostro de la
enfermedad. Basta con voltear sobre la peste que atraviesan los griegos en la
Ilíada, peste que a pesar de no ser el tema central cobra importancia y
desempeña un papel importante dentro de los antecedentes de la batalla más
importante de la literatura occidental. Así, encontraremos la enfermedad
presente en obras tan importantes como Los hermanos Karamazov de Dostoievski,
en La peste, de Camus y, sin ir tan lejos, podríamos hablar de La enfermedad de
Alberto Barrera Tyzka. Sin embrago, cuando queremos abordar este tema, resulta
imposible dejar de mencionar a John Donne y sus terriblemente maravillosas
Devociones. Este magnífico tratado de la enfermedad, del dolor, del cuerpo y
del alma nos transporta a un viaje con un único destino: la muerte. De alguna
manera, nos prepara para la única certeza del ser humano.
Donne, en sus Devociones, nos susurrará al
oído los secretos de la inmortalidad, los terribles tormentos del cuerpo y del
alma, nos describirá con detalle el dolor de quien padece una enfermedad, ergo,
una soledad, nos revelará cómo el miedo ha crispado siempre en los corazones de
los hombres. Esto último, lo hallamos fácilmente en el siguiente fragmento de
la devoción VI: “Así como las afecciones dañinas del brazo se complican, y se
mezclan con cada enfermedad del cuerpo, el miedo se insinúa en cada acción, o
pasión de la mente; así como los gases del cuerpo imitarán cualquier
enfermedad, y se asemejarán a los cálculos, y se asemejarán a la gota, el miedo
imitará cualquier enfermedad de la mente; se asemejará al amor, un amor de posesión,
y no es sino miedo, un celoso, suspicaz miedo de perder” (45). Así pues, todos
hemos tenido, y tendremos siempre miedo de perder: un trabajo, un objeto
preciado, un amigo, un nombre de mujer. Pero, ¿En qué se convierte todo esto si
lo primero que perdemos, lo primero que se lleva la enfermedad, es la agudeza
de nuestros sentidos? La enfermedad nos deja entonces con esta desazón, con
este sinsabor, desorientados en algún lugar remoto donde hasta nuestra propia
saliva nos sabe a desesperanza. Entonces nos encogemos, nos reducimos y, en
cierto modo, volvemos a ser niños. Nos embarga la vergüenza de un puchero sobre
un rostro azotado por el tiempo, la mirada perdida e infantil de unos ojos que
ya no ven más nada (como los de mamá). Así nos deja la enfermedad, o por lo
menos es esto lo que ha quedado de mi madre: una pequeña niña ciega de ocho o
quizá nueve años, escondida para siempre en el cuerpo de la mujer que alguna
vez fue.
Pero no solo de esto nos habla Donne. En
las devociones encontramos un discurso perfecto sobre las oquedades del alma,
sobre la condición del hombre en la tierra, sobre el dolor en todos sus
sentidos.
Donne atraviesa en todo su deliro un dolor
inescrutable. Ya no será solo físico el dolor del que hable, porque la
condición del hombre en la tierra duele, porque venimos al mundo solo con un
fin: morir. La miseria es dolorosa también, y “El hombre no tiene más centro
que la miseria; allí y solamente allí esta fijo, y seguro de hallarse a sí
mismo” (137). En este sentido, pareciera que el dolor es parte importante en el
transitar del hombre por la vida. Aparentemente, Donne nos dice que solo en el
dolor se es plenamente. Esto parece ser así. Explico.
La primera vez que mamá murió, yo tenía
catorce años. Tal vez por mi edad y por ser la primera vez, no comprendí del
todo cuando el doctor nos dijo “Prepárense para lo peor”. No podía saber a qué
se refería el médico. Pero cuando por fin sucedió, aquel domingo verde con olor
a vómito, supe que algo en mi pecho no estaría bien más nunca; y no lo está. El
dolor fue tan profundo, que de pronto cesó ese mismo día, supongo que mi cuerpo
le quedó pequeño y prefirió mudarse a otro donde pudiera expandirse a sus
anchas. Fue la cúspide de mi miseria la primera muerte de mamá. Y sin embargo,
entendí muchas cosas. Entendí que a más nadie le importaba que mamá hubiese
muerto, que igual habría de levantarme todos los días (¡Qué difícil sigue
siendo esto!), que hay que fregar los platos sucios después de cada comida, que
hay que curar de nuevo el budare para que no se peguen las arepas del desayuno,
que hay que bañarse todos los días para quitar, aunque sea, la inmundicia de
este mundo que sale con agua y jabón. Todo esto comprendí con la primera muerte
de mamá. Todo esto encontré en la cúspide de mi miseria.
Pero Donne no se queda aquí, va mucho más
allá y nos ofrece, además de esta maravillosa concepción del miedo y de la
miseria, una gran meditación sobre el lugar del hombre en la tierra, como ya he
dicho. Respecto a eso escribe: “Ningún hombre es una isla, completa en sí
misma; cada hombre es un trozo del continente, una parte del todo; si un terrón
fuese arrastrado por el mar (y Europa es el más pequeño), sería lo mismo que si
fuese un promontorio, que si fuese una finca de tus amigos o tuya propia; la
muerte de cualquier hombre me disminuye, porque yo estoy involucrado en la
humanidad; y, en consecuencia, no envíes nunca a preguntar por quién doblan las
campanas; doblan por ti” (112-113). ¡Cuán maravilloso nos resulta este
fragmento! Nos sorprende y nos deja sin
aliento, porque nos reconocemos en él con gran facilidad, o al menos yo lo
hago. Nos encanta pensar con frecuencia que somos esa isla, que en efecto somos
ese todo. En lo más hondo sabemos que no es así, que somos apenas una parte de
este todo inexplicable y que eventualmente necesitamos de otros para
completarnos, que aquello que somos viene dado por un conjunto de imágenes que
a su vez pueden ser muchas cosas: un color, unas rodillas, un rostro, un “te
amo con olor a canela”. Pero en definitiva, no estamos solos. Es por esto que
cuando muere alguien nos afecta, porque como dice Donne estamos “involucrados
en la humanidad”. Después de la segunda muerte de mamá pude aprehender esto.
La segunda muerte ha sido la más compleja.
Esta nadie la vio venir. Era martes y ya yo tenía dieciséis años. Hay que
reconocer que mamá estaba muy mal y sin embargo, fue una muerte súbita. Esa fue
la primera vez que se desvaneció entre mis brazos. También fue la primera (y
única) vez que por poco me desvanezco yo también. Aunque también hay que
reconocer que es la muerte que ha durado menos tiempo. La primera duró cuatro
minutos y cuarenta y dos segundos, esta solo duró tres minutos y quince
segundos, pero esos tres minutos se llevaron muchas cosas: mi fe, el ojo derecho
de mamá, la mayor parte de mi voluntad, la capacidad de mover la parte
izquierda de su cuerpo. Esos tres minutos quince segundos han dejando otras
cosas también, no sé si buenas o malas. Esos tres minutos me dejaron una
indiferencia (o aceptación, no sé) hacia la muerte que aun no sé cómo explicar,
unas manos firmes que no vacilan a la hora de escribir estos lamentos, una voz
clara y fuerte que ahora me sirve para cantarle al mundo la música olvidada ya
por todos y lo más importante, creo yo, es que esos tres minutos quince
segundos me dejaron una melancolía que cuajó de un solo tajo en el medio de mi
esternón y que desde entonces busca liberarse de esa jaula de costillas sin
éxito alguno.
Donne titula su última devoción de la
siguiente manera: “Me advierten del terrible riesgo de recaer”. Yo en
particular, no creo en la indulgencia y reivindicación de la enfermedad. Mucho
menos después de la tercera muerte de mamá.
La tercera ha sido, sin duda, la más fácil
de las muertes de mi madre. La más fácil para ella y para mí. Para ella porque
tan solo vino a reafirmar su presencia, a llevarse aquello que no se pudo
llevar en la segunda, verbigracia, su ojo izquierdo. Para mí porque ya era como
saludar a una vieja amiga. La tercera muerte vino solo a confirmarnos que a
quien nos deja no es mamá sino la niña de ocho o quizás nueve años. La
recibimos con serenidad hace tan poco tiempo. Solo ha pasado un año desde esta
última muerte, y mamá en estos últimos diez años se ha ido convirtiendo en otra
poco a poco, pero nosotros seguimos siendo los mismos de hace tanto. En la
cocina sigue sonando, ahogada, esa canción de Nina Simone que nadie escuchó, y
ese mismo invierno porteño de Piazzola que sonaba hace diez años en la sala
general “B” del hospital, suena aun en mi corazón, y resuena en todo mi pecho y
mis pulmones llenándolos de frío, de grises y humedad.
En diez años mamá ha muerto tres veces, y
junto con ella hemos ido muriendo todos a su alrededor de la misma enfermedad.

1 comentario:
Leo y tengo una crisis de orgullo,llanto, admiración y alegría. Gracias Dios por los hijos recibidos.
Williams Pacheco
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